Carignan y cinsault, mitos y certezas. Texto final.


Desde elucubraciones hasta la más disparatada tesis, todo lo que se ha escrito sobre carignan y cinsault es interesante. Aunque tras la revisión de textos podamos apreciar exactamente lo mismo: la llegada de un par de variedades en medio de hitos, que nadie entiende mucho de qué se tratan. Precisamente esto hace que adquieran un tono sencillamente atractivo.

La travesía del carignan y cinsault se narra e instala. Emerge en el imaginario vínico gracias al terremoto de 1939, donde inicia aventura; la batalla, la dura resistencia del campesino chileno; luego, su posterior olvido, o el abismo; al cabo de unos años vemos la iluminación, proponiendo el regreso de estas variedades luego de un extenso letargo; finalmente, un nuevo despertar bajo la mirada de nuevos mentores, en el lugar donde todo comenzó. En todos estos años, no advertimos que esta secuencia es similar a una vieja estructura narrativa conocida como ‘el viaje del héroe’, alguna vez descrita por Christopher Vogler. Bajo la guía de Vogler, inspirado en Carl G. Jung, con su teoría de los arquetipos, esta seguidilla de acontecimientos sería la forma de construcción mitológica más antigua e intuitiva a disposición del ser humano. Una que permite desdoblarnos, sumergiéndonos en un juego dramático, como explica el autor. En este caso, la personificación del héroe se encarna en un par de cepas, en reemplazo de un personaje que expone todos sus periplos emocionales.


Este debe ser un fenómeno que merece toda nuestra atención, puesto que le hemos achacado similar estructura a cepas como país y semillón. Y es que al parecer, perseguimos un modelo mítico en cepas sumidas en el olvido y, que posteriormente, se revitalizan de alguna u otra manera.



¿De quién es esta historia? Cuando hablamos de voces hablamos a menudo de quién habla, pero yo quiero hablar de la otra mitad de esa ecuación: ¿Quién escucha? ¿De quién son las necesidades y deseos que están al centro de estas historias que contamos y escuchamos y repetimos...?” — extracto de El poder de la voz y el sentido político del silencio, de Rebecca Solnit.


En este mismo blog, se encuentra un texto titulado “Carignan y cinsault, de todo, menos el terremoto”. El motivo de redactarlo se funda bajo una simple premisa: hablar de todo lo que puede llegar a conocer, y todo lo que podría incorporarse, fuera de lo ya declarado. No se trata de mejorar tesis anteriores ni menos hacer empate de ellas. Pero me temo que muchos ingenuamente, lo vieron de esa forma.


Lo interesante del carignan y cinsault, o mejor dicho, lo relevante, es que se trata de cepas reconstruidas emulsionando conjeturas, suposiciones, retazos, escuchas y ecos de tiempos antiguos. La propuesta telúrica es un punto de partida. Debe apreciarse como un esfuerzo por crear un argumento histórico, donde supuestamente no hay mucha información, y donde nada parece explicarse porque sí. Hay que agradecerlo. Pero pretende comprometernos con una tragedia, y en ese preciso punto del compromiso adquirido, la catástrofe opaca otros hechos que pudieron manifestarse bajo simple y llana consecuencia.


Tomaremos varios ejemplos para explicarlo.


Hace cinco o seis años se hablaba de la “ley del 39”, la cual bajo creencia del círculo vínico nacional “prohibía plantar vides y fomentaba la exportación”. Consultando en esos años, nadie tenía una respuesta clara de qué se trataba. Casi nadie, porque según recuerdo, sólo una persona pudo dar luces en qué más o menos podía consistir. Fue el agrónomo Víctor Costa.


En algún momento, Pablo Morandé encargó la búsqueda de esa ley, la cual se expondría en una charla en la Cofradía del Mérito Vitivinícola. Revisamos los archivos de la Biblioteca del Congreso, buscando coincidencias durante 1939. Hacerlo fue una pérdida de tiempo, ya que no era del 39, se había publicado un año antes, en 1938, bajo número 6179. El cuerpo legal creado bajo el gobierno de Arturo Alessandri, buscaba estancar la producción cuando superaba los 60 litros por habitante, procediendo a un bloqueo, desnaturalizando el vino, convertirlo en vinagre, o desecharlo. No era una prohibición radical como se expresa en el imaginario. Dentro de cierto margen, sí se podía hacer vino, y si la tentativa era nuevas variedades a plantar, podían efectuarse pagando impuestos adicionales u otras consideraciones, como era el ‘arranque por descuento’. Eran límites difusos, casi inaplicables, evadibles (lo fueron), pero límites al fin y al cabo.


Cabe preguntarnos ¿cómo pudieron propagarse variedades como carignan y cinsault posterior al terremoto de 1939, si la ley se mantuvo vigente hasta 1974? ¿Estaba el campesinado en condiciones de pagar más impuestos? Al parecer no. Por lo tanto, el único camino viable era establecer nuevas plantaciones en reemplazo de otras.
Aquí abrimos la posibilidad que carignan y cinsault, estuviesen plantadas antes de entrada la ley.


VIGNO, la asociación de Vignadores de Carignan, en sus comienzos citó en su página web el terremoto de 1939 y la creación de la Corporación de Fomento y Reconstrucción, CORFO, como hitos complementarios.


Revisando las memorias de la corporación, se encuentran dos sumarios que detallan la labor de CORFO entre 1939 a 1949 y 1939 a 1959, este último impreso en Junio de 1962. Los documentos, no indican subvención a nuevas plantaciones de variedades. Salvo, el estímulo para la creación de VINEX (1942 a 1944, Del Pozo, 1998), una marca cooperativa que exportaba vinos bajo asociación industrial que más tarde se conocería como Vinos de Chile. Además, se menciona la creación de cooperativas rurales, en pro de nivelar el desarrollo vitivinícola para productores afectados por el terremoto, o que simplemente no sabían qué hacer con sus uvas. En sus primeros años, la CORFO se enfoca en el desarrollo de nuevas industrias relacionadas con la minería, fuentes energéticas, y otras industrias como la frutícola, ganadera, forestal, metalúrgica, así como la incorporación de maquinaria. La corporación no tenía antecedentes sobre cuál era la realidad económica del país, por lo tanto, no disponía de planes de ejecución inmediata, como reza la memoria institucional dirigida por el Doctor en Historia Económica Ricardo Nazer, que va desde 1939 a 2009.


Fuera de las instituciones, al tratar de aproximarnos a una fecha estimada de cultivos, nos encontramos con un nuevo obstáculo: entre campesinos y productores, hay una clara disociación entre ‘tiempo pensado’ y ‘tiempo real’. A este desfase en algunas investigaciones llevadas a cabo para FIA (Fundación para la Innovación Agraria) le asigné el nombre de “síndrome centenario” (cita personal). No es un término académico, ni científico ni nada por estilo, por el contrario, es una frase que servía para identificar en notas a productores que proyectan límites imaginarios. Aquí surgen declaraciones como “la variedad se encuentra desde siempre”, “desde los tiempos de mis abuelos”, “más de cien años”, entre otras. Nos percatamos que en los registros SAG, se presume de antigüedad en base a lo que el productor alguna vez especuló, o bien tomando en cuenta los registros numerados de Impuestos Internos. Por lo general, corresponden a años de edad del viñedo, y no necesariamente al año de la plantación de una variedad. Los registros son gran parte de las veces, aproximaciones bastante caprichosas.


Deslizándonos entre límites inciertos e imaginarios, buscamos una fecha aproximada de cultivos, o una que guardase relación con la bibliografía consultada.
Con Sergio Amigo Quevedo (Cancha Alegre) y Jaime Cortés (A.G. Cauquenes) visitamos Maule, donde realizamos visitas y entrevistamos a algunos productores, tanto en sus viñedos como en la muestra de uva país. A través de consultas y bastantes tiras y afloja, fuimos dando no sólo con una, sino con dos fechas de aproximación para el carignan. La primera surge en palabras de Víctor Yáñez, cuyos cultivos se acercan a 1935. Finalmente, la mayoría de los productores con varias dificultades de por medio entrega un segundo acercamiento: viñedos subdivididos en los cuales el carignan se plantó alrededor de 1970. Y no fue sólo carignan. Elsa Sánchez y productores vecinos, nos hablan de otras plantaciones realizadas durante la misma década. Se trataría de Pedro Ximénes, cepa que encontramos en dos predios visitados.


Por el lado del cinsault, sostuvimos encuentro con más de diez productores de Guarilihue, Coelemu y Checura, en los viñedos del Miguel Molina Ortiz (Viña Tres C), junto con Jeff Milano, sommelier municipal de Coelemu. Los productores, coinciden en que son muy pocos los que tienen el cinsault “de antes”, y que la fecha de cultivo de todos ellos se remonta entre finales de 1960 y comienzos de 1970, en el marco de una nueva plantación o arranque de cepas como país y côt (malbec). Felipe Neira, de viña Bandido Neira, corrobora esta declaración. Su familia reemplazó côt por cinsault. El único registro temprano es de la productora Teresa Elvira Ulloa, cuyas plantaciones se realizaron el mismo año del nacimiento de su abuela, en 1936 (la mayoría de los productores que recuerdan fechas reales o con mayor aproximación, se debe a una estrecha relación con un acontecimiento importante, como nacimiento, muerte, catástrofe, o inicio de un hecho que rompe con la cotidianidad, como ellos la conocen).


En la reconstrucción del trazo memorial, nos centramos entre 1930 y 1936, y entre 1964 y 1970. El primer acercamiento coincidiría con las anotaciones de Alejandro Dussaillant, quien en su trabajo oratorio de 1937 (escrito en 1936, e impreso por Nascimento) recomienda plantar variedades híbridas donde se encuentran cultivos de cinsault, carignan y aramón. Anteriormente, citamos al criadero Santa Inés de NOS, propiedad del célebre enólogo Salvador Izquierdo, y en cuyos catálogos impresos entre 1928 y 1935 aparecen numeradas las cepas cinsault y carignan. Lo mismo Germán Bachelet, quien en la chacra Victoria (hoy Barrio Llano Subercaseux, en la comuna de San Miguel), ya promovía la venta de carignan a través de la Agenda Agrícola de 1924 (el primer registro claro de su presencia).
Podemos concluir que la bibliografía apoya la existencia y cultivo de las cepas antes de 1939. Lamentablemente, hay un ‘pero’ en toda esta situación: tanto Alejandro Dussaillant como el criadero Santa Inés de NOS de Salvador Izquierdo, se consideran mitos bajo evidencia. Mitos que batallan en medio de otros mitos. Aunque suene ridículo y redundante. Que lo es. Basta recordar las declaraciones de la enóloga Adriana Cerda, quien aseguraba que la familia Dussaillant y otros actores, fueron claves en la difusión del carignan por el sur de Chile (R. Gentes 2012). Esta afirmación durante todo este tiempo, ha sido extrañamente descartada. A muchos les causa hilaridad todo esto.


Son mitos, pero de los verdaderos, y parecen lo contrario porque desgraciadamente, hay quienes pueden subirse al púlpito y clamar lo contrario, por sobre toda evidencia, por muy empírica que después sea.


Adriana Cerda nos había entregado la mejor de todas las pistas: un nombre para asociar, y en consecuencia, el cómo ir determinando cultivos anteriores al terremoto de 1939. Lo mismo hizo Víctor Costa y Viña Odfjell, nos entregaron datos para corroborar. Ninguno de ellos estaba equivocado. Siempre tuvieron la razón. Ya estaban presentes mucho antes del terremoto.
Otro de los antecedentes previos que nos llamó la atención, es la constante cita a una “política de fomento vitivinícola”, que supuestamente se habría extendido entre 1930 y 1950, u otras fechas cercanas, dando puntapié a la importación de variedades como semillón, carignan y cinsault. Aquí notamos que persiste la idea que ‘se importaron cepas’, y que ‘era un impulso para el vino chileno’. Yo mismo he repetido esa historia un par de veces. Revisando el amplio compendio de leyes en pro de la viticultura, no se encuentra órgano ministerial aplicando tales políticas, menos en la década señalada. Se ha solicitado documentación o algún otro recurso que corrobore este ejercicio fuera de la oralidad, sin resultado alguno. Esto se debe a que tal iniciativa de fomento, no existe. No existiría como se expresa en los relatos. Pero debemos aclarar que la importación de nuevas variedades ha sido un ejercicio continuo y visible, como consta en las ediciones de Viticultura y Vinificación de Manuel Rojas que van desde 1891 a 1950. Para que hablar de los viveros estatales y privados, he allí en sus catálogos, la mejor prueba.


Parece que un error en la correlación o interpretación de datos orales y escritos, crea tales hitos. Como señaló en algún momento el historiador Juan Guillermo Muñoz Correa (), estos serían los típicos clichés históricos del vino chileno: se cree que existen, pero no cuándo ni cómo.


Rodrigo Alvarado, Pedro Undurraga, Miguel Viu y Fernando Mir, se presentan ante la Comisión del Vino del Partido Demócrata Cristiano durante 1965, entregando un Plan Nacional de Desarrollo Vitivinícola. Rodrigo Alvarado a través de los años, difundió este plan que en el camino se movió de década y contexto. Finalmente, durante el gobierno del presidente Eduardo Frei Montalva, entra en acción CORFO, apoyando desde 1967 la industrialización progresiva en rubros que se encontraban al debe. Bajo el nombre de Plan Nacional de Desarrollo Frutícola, se avocan a la mejoría o implementación de centrales pisqueras en Huasco, Elqui y Limarí, y vitivinícolas en Talca, Cauquenes, Coelemu, Quillón, Ñuble, Yumbel y en San Javier de Loncomilla. Este proceso llevado a cabo entre 1968 a 1974 aproximadamente, cuenta con la cooperación de un segundo actor, el INIA. El centro de investigación, tuvo un papel fundamental en la introducción de nuevas cepas en el secano maulino, como podemos constatar en el Boletín de Agricultura Técnica impreso en 1974, publicándose los resultados finales del Ingeniero Agrónomo Arturo Lavín, y de cepas en calidad de ‘experimentales’ desde 1964 (Estudio de Fertilización con Potasio, INIA), citando entre ellas al carignan. Coincide la entrega de la investigación de Lavín, con la segunda fecha entregada por productores de Maule, quienes reconocen al agrónomo, como el principal promotor del carignan, pedro ximénez y otras cepas a comienzos de los setentas.


Este es el único hecho que sí coincide con los textos revisados, pero al mismo tiempo no lo hace, ya que muchos suponen que el trabajo de Lavin fue realizado con anterioridad (algunos enólogos y productores declaran que fue entre 1940 y fines de 1950, pero descartamos esta aproximación, dado que INIA, donde el reconocido agrónomo desempeñó labores, fue oficializado como instituto durante 1964).


Esto puede crear un conflicto, ya que difumina la supuesta ancestralidad de las variedades mencionadas. Ante tal, debería asumirse un amplio criterio y aceptar que pueden corresponder a una plantación temprana y marginal (circa, 1935), a una intermedia (circa, 1950), o ser posteriores a 1964, a la cual parece corresponder la gran mayoría. Sin embargo, y a favor del centenarismo, mencionaremos que en el Decreto 3355 de 1943 firmado por el presidente Juan Antonio Ríos, variedades como moscatel, país y carignan, son reconocidas como propias del secano. Esto no justifica la teoría del terremoto, por el contrario, propone un juicio e investigación adicional, ya que nuevas plantaciones y replante, continuaban según la ley, condicionadas a pago de impuestos, salvo, se tratase de expropiación y restablecimiento de una viña, presencia de Margarodes, o si una universidad participaba en su plantación. Por ley, pudo ejecutarse desde 1943 en adelante. No antes, como se suele plantear.


Tras todo esto, podrá parecer que la crónica de vinos es el género de las incertidumbres. Aunque creo que debería ser el género de las preguntas. En cuanto a la historia, los procesos mitificantes, su incorrecta o férrea defensa, así como el exaltamiento de la longevidad, deben observarse como fenómenos que disparan la brújula hacia cualquier punto, pero a su vez, quieren indicarnos una sola dirección: que bajo ese constante halo de inseguridad cultural, en algún trazo de nuestra historia colectiva, encontramos algo de veras diferente y atractivo; un cuento, que no lo tuvimos que inventar, y que estaba lleno de exquisitos relatos y metarrelatos entremezclados. Hay que aceptarlo, aunque debamos asumir el riesgo de que en un comienzo, todo pueda ser mal contado.


Álvaro Tello
















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