Itata, donde nada es lo que parece.


El inicio del título no es de mi autoría. La frase la escuché del enólogo Juan José Ledesma, saliendo al ruedo en medio de una búsqueda de viñedos y cepas perdidas en las profundidades del valle de Itata. Nada es lo que parece. Creo estar de acuerdo con esa frase, y por otro lado, discrepo con la vertiente de lágrimas y el activismo poco reflexivo que se desata sobre esta histórica y tradicional zona productora.
En primera instancia, es un error hacer mención de “un Itata” o de “el Itata” como una unidad homogénea o como un valle de una sola identidad, una sola virtud o un solo problema. Tal como se ha expuesto en innumerables discursos. El valle se encuentra lejos de esa idea, debido a que cada zona, localidad o comuna, reconoce sus diferencias con otros asentamientos, lo que remarca el sentido de pertenencia. Prima un espíritu clánico debido al cruce de familias y apellidos que han ido consolidando el sentido de unicidad. No sería igual que en otros valles vitivinícolas, donde un gentilicio funciona para todas las subdivisiones, creando una sensación de amplia territorialidad. En este caso ocurre lo contrario. Cada unidad gusta de acentuar y buscar sus diferencias, sobre todo cuando se someten al discurso del desarrollo; y cuando se habla de vino, las posturas se radicalizan aún más, a pesar de la cercanía territorial que los une. 

Mientras en algunos rincones se avivan protestas y denuncias por los bajos precios de las uvas, hay recovecos donde la venta es inexistente. Tuve la oportunidad de corroborarlo en terreno con un Prodesal en Ninhue. Algunos sin protestar se quedan con las uvas y el vino. Y en otros se observa un claro desinterés por vender o asociarse, efecto de múltiples hijuelas repartidas en una sola hectárea. Cruzando un par de caminos y ya en otra localidad, sacan cuentas alegres y optan por la discreción ante este tema, ya sea porque bordean o sobrepasan los $300 pesos por kilo de uvas, o porque se prestan a firmar contratos a largo plazo. Esto es parte del contraste. La conclusión es que parece imposible conciliar la realidad de los miles de productores repartidos entre Portezuelo, Ninhue, Ranquil, Coelemu, Guarilihue y otras localidades. Corren con el vino y las uvas a velocidades distintas. Ranquil, comuna a la cual tuve la mala idea de referirme hace años atrás como “la tierra de los vinagres” (por la cantidad desmesurada de acético que presentaban algunos vinos, y de la cual pocos hicieron comentarios) hoy es un ejemplo de desarrollo. Permítanme reivindicarlos. Existe una buena cantidad de vinos limpios. También fueron capaces de convertir una técnica foránea introducida por Claudio Barría; como la de hacer espumantes con segunda fermentación en botella; en una oportunidad comercial. La señorita Lucía Torres es el mejor ejemplo. La punta de la lanza. Su espumante de moscatel es como pocos, o mejor dicho, burbujas de moscatel como no las hubo antes. Una nueva tradición que atraviesa la burbuja patrimonialista. Y poco importa si lo hace, porque debemos entender que los pueblos cambian, y quienes sustentan la tradición tienen derecho a hacerlo. En este y otros casos funciona, y de maravillas. En Portezuelo el cinsault y mezclas de país van a la mano de una nueva generación que retoma la productividad de viejos viñedos, y que cada año se inclinan hacía un mayor frescor y menos grados de alcohol, entendiendo que no siempre la barrica –sobre todo para el cinsault– es la mejor alternativa. Siempre se espera menos. En Guarilihue se ve la fuerza y el empuje en la cooperativización, y junto a quienes juegan individualmente, se van liberando del prejuicio instalado por las cepas europeas. O aquellas que no son históricas, como les suelen recalcar. Ya están convencidos que un merlot de quince años, y que otras cepas que ya llevan ochenta años allí plantadas en condición de secano como riesling, chardonnay, semillón, pinot noir o cabernet, pueden perfectamente convivir con dinosaurios como aramón, san francisco, país y moscatel. Que esto no atenta contra ninguna moral histórica. “Ahora hay que ver cómo hacemos vino con todo esto”, comenta un productor en la vendimia de Coelemu. Amén y buen futuro al pinot noir de los hermanos Fuentealba, de la cooperativa Moscin. La intención es el mejor de los comienzos. Y a ese riesling de Tinajacura de Leonel Ruíz padre e hijo. Un “rin”, como le llaman a esta cepa, que nace del instinto, de la necesidad de darle un destino esas uvas, y no mucho más que eso. Solo falta mayor acidez para un vino que puede llegar a crujir. La fe de Pablo Franulic, quien porfió ante un tecnócrata de Santiago que dijo que su merlot no sobreviviría en condición de secano. Ese merlot finalmente sobrevivió, y lo hizo para dar vinos expresivos, frescos, y que pronto verán la luz bajo la mano de dos jóvenes enólogos. Vinos así conviven con la acidez del cinsault de Piedra del Encanto de la familia Neira, como también con el vino de los Ortiz-Rojas, un cinsault que no ha visto una botella, porque se envasa en bidones plásticos, y solo vale tres mil pesos. Ya quisiéramos algo así de sencillo y con toda esa fruta en el retail de Santiago. Sería una locura para quienes gustan del vino y disfrutar de largos asados.
Nada es lo que parece. Cada 3 o 4 kilómetros ocurre y se asoma algo distinto. Esto no quiere decir que la falta de oportunidades, el arranque de parras, la desigualdad de pagos y el abrazo de las forestales deban ignorarse, porque todo eso se encuentra allí, bien instalado, conviviendo con la buena suerte de algunos.

Exponiendo parte de la realidad y repasando los vinos del valle, no hay muchas vueltas que dar para darnos cuenta que el actual rezago de las localidades de Itata, no yace en un valle que lucha ante la sombra de los bosques o los precios bajos, sino más bien en algo que bordea lo intelectual y lo práctico: hay un claro déficit de visiones alternativas en torno al vino. Esto ocurre porque es un valle que –desde una mirada conjunta y que en este caso funciona correctamente– se reconstruye mirando hacia atrás y adelante en forma constante, instalando un fenómeno retrotópico como cultura base: ven en un pasado idealizado, el futuro deseado; la utopía de el lugar a donde deben volver, que lo sustituyen por una visión de porvenir. El pasado actúa como referencial de desarrollo, e incluye introspectivamente a la viticultura en su forma de exponerse y comercializarse: cree que el vino o uva del lugar ancestral, será atractivo por el solo hecho de venir de un lugar ancestral. El vino no entra en la urgencia de lo ‘mejorable a través del tiempo’, se estanca, queda en una posición fija. El grave problema de esta idealización es que se cae en el riesgo de convertir a las localidades de Itata en un eterno proyecto inacabado. En un simple artefacto cultural. No hay un nuevo imaginario en torno al vino que exija ser construido desde quienes son sus cultores, proliferando más que nada el ansia de revalorización territorial, histórica y económica. Entonces, a través de estos fenómenos, vemos como se crea una tensa pugna entre inercia y cambio, pasado y presente, cepa ancestral o cepa europea, vino próspero o vino estancado.
Otras entidades que se introducen en la articulación de un imaginario alternativo son agentes externos, como la prensa, comunicadores, historiadores, observadores y otros, quienes redefinen ‘el Itata’ bajo una escala distinta. Nacen a modo de concentrado estilizado los adjetivos de honestidad, humildad, rústico, artesanal, ancestral, abundante o del pasado. Estos nuevos enlaces decorativos permitieron que en un comienzo vinos regulares o de mala calidad fuesen objeto de indulto. Y de allí deriva a otro argumento que se fragua como agente mitologizante: un valle en el cual la tradición se mantiene, debido a que la tecnología no se introdujo. Como sí ocurrió en el valle central, por ejemplo. 

El intento de justificar el rezago a través de una extrema carencia, o de minimizar el impacto de la mala calidad y de vinos poco atractivos bajo cierta sensibilidad, es un craso error, y muy de gusto de los estetas. Con respecto a la supuesta carencia de tecnología, debemos tomar en consideración dos constructos que deben separarse en pro de una visión clara: en primera instancia, quienes son y fueron pequeños productores para situaciones de intercambio, consumo propio y venta; y segundo, quienes fueron medianos y grandes productores en vías de industrializarse. Aunque por cuestiones de apego o ‘nostalgia a lo nuestro’, se tiende a maximizar a los pequeños y a obviar a los grandes. Veamos como la actividad a gran escala marcó una clara diferencia.
El fundo Batuco de los Casanova y Collipeumo de la familia Benavente, levantaron en la primera mitad del siglo pasado grandes y sólidas bodegas, y a pesar de que hoy no producen ni una sola gota de vino, dejaron evidencia que la tecnología sí fue introducida en parte del valle. Aún bajo el óxido y el abandono es posible apreciar intercambiadores de calor, sistemas de enfriamiento, la incorporación de nuevos tipos de bombas con mayor capacidad, tiros y extracción mecanizada pensado en grandes volúmenes, tonelería de prueba, construcción de enormes estanques de concreto cilíndricos y cúbicos (el concreto utilizado para canalización, lagares y contenedores, fue un elemento ‘tecnológico’ en la primera mitad del siglo XX), son parte del los vestigios que dan señas de una prospección distinta. Tal como ocurrió en Aconcagua con Errázuriz-Panquehue, o en la hacienda Cunaco, en Colchagua. Entre toda la abundante fruta disponible hubo experimentos, como depositar mosto en distintos depósitos. Roble americano, francés, raulí, y finalmente concreto. La idea era apreciar diferencias. Buscaban calidad, y esa calidad se vio reflejada en el cabernet sauvignon de Collipeumo, que fue reconocido por las grandes bodegas del Maipo, las cuales lo requirieron de forma inmediata para ser mezclado con sus vinos. El cabernet sauvignon del Maipo, ese lleno de sentido de origen, recibió el aporte del cabernet de Ninhue desde 1962 hasta 1973. Por otro lado las Cucha, como Cucha Cucha Cox (hoy en manos de la familia Díaz) el fundo Magdalena y el fundo Majuelo (Sociedad Vinícola de Sur) siempre destacaron por su alta productividad, constatándose en documentos que ya por 1925 rondaban las 400 mil y 700 mil plantas entre cepas francesas y de país.
Sin embargo, la incorporación de tecnología y el corto paso hacia la industrialización queda a medias tras la reforma agraria, en la cual fundos y haciendas se expropiaron, subdividiéndose entre sociedades y posteriores hijuelas, debilitando la labor vitivinícola y minimizando el valor de los terrenos y las uvas. Tras la reforma, no hubo conciencia del valor asociativo bajo un orden administrativo, como si lo había antes. Se atomizaron las unidades productivas. Finalmente el interés individual y la urgencia priman por sobre la actividad vitivinícola, cuestión apreciable en 1974 cuando ingresa avalada por el gobierno la ley 701 que en sus artículos 20 y 21, establece los incentivos para el fomento forestal. Los productores de uvas que no superaban en promedio las 2 a 5 hectáreas –y en algo que puede parecer una ironía– se asociaron con dueños de otros predios para promediar 2 mil hectáreas, que es la unidad mínima y necesaria para que la celulosa pudiese comprarlas, obteniendo ésta un 75% de bonificación estatal. Vender tierras fue la primera opción. Finalmente los fundos paralizaron sus actividades, quedando solamente rastros de lo que fue su infraestructura.
A pesar del evidente declive, es un detalle no menor a considerar que este hecho tiene mucho que ver con los fundamentos e inicios del patrimonialismo, recordando que en Europa los primeros casos se dieron en espacios donde se museifican o reivindican las viejas estructuras, erigiéndose monumentos que dan testimonio de actividades o modos de vida agotados. El intento de industrializar es uno de ellos, y la bodega del fundo Batuco y Collipeumo (ambas en pie), o incluso las ruinas jesuitas del fundo La Palma, pueden ser ese símbolo, o kilómetro cero desde el punto de vista de la memoria material. A pesar de esta rica evidencia, hoy las regiones vitivinícolas en vías de patrimoniarse, en especial en Francia, reconocen los valores del patrimonio desde otros términos, bajo lo que consideran “puntos de resistencia”. O la sobrevivencia de un espacio de práctica cuya memoria yace en algo muy simple: lo aparente y perpetuo del hacer vino en un espacio determinado. Que trasciende y cruza la barrera temporal contra toda inclemencia. La variedad de uvas, el cotejamiento de suelos y evaluación de calidad, se presentan como valores complementarios al patrimonio, pero no igual de importantes como lo sería ‘la permanencia del saber y hacer en un espacio determinado’. No es más que eso, una memoria disciplinada que recuerda, organiza, y que no teme a los proyectos futuros ni a enfrentar su propia identidad, ya que es capaz de reivindicarse constantemente.

Retomando, hoy en día podemos observar como la calidad y el aspecto relacional de los vinos de Itata se encuentra hipotecada a la industria del vino, quienes cohabitan y aprovechan las condiciones existentes. Una industria que se caracteriza por ingresar con rapidez a las zonas calientes de la viticultura chilena. Esta hace un aporte estableciendo nuevos puntos de vista y, en cierto grado, insufla la inspiración necesaria de un nuevo ‘saber y hacer’, contribuyendo a poner en el escenario un valle bajo su propio imaginario: el valle que bajo nuestra experiencia, puede comenzar a hablar de calidad. Cierto, son uvas del valle vinificadas fuera de las fronteras, pero debemos ser justos y reconocer que los enólogos que han llegado al valle, buscan asignarles coherencia.
La industria y cohabitantes esporádicos ya han hecho lo suyo. Y creo que ha llegado el momento de que Itata hable y sea reconocido por sus propios vinos, los vinos de sus propios habitantes. Hablemos de salir del circuito minimizante. Comencemos a hablar de productores, de familias que viven y respiran a sus anchas por el valle. Pero antes, un par de preguntas para centrarnos: entre quienes viven y vinifican en las distintas zonas ¿podemos encontrar vinos superlativos o plantearnos la existencia de “grandes vinos” o “clásicos del Itata”? ¿alguien puede identificar al menos 10 productores del valle que sean reconocidos por un vino superlativo, o que al menos lo sea simbólicamente dentro y fuera de su tierra? Desligándonos del fundamentalismo regional, de popularidades y simpatías varias (que de eso hay bastante) las respuestas que asoman no son alentadoras. Se me viene a la cabeza un par de casos, pero falta más que eso, y ese es parte del desafío y proceso de aprender y retomar con la memoria a cuestas. El ejercicio de contrastar entre pasado y realidad presente, y desde allí entrar en contacto con escenarios posibles, futuros posibles, consientes de las potencialidades y bajo la adquisición de una nueva sensibilidad. E insisto, este desafío no es aplicable a la industria, sino a los productores del valle. No existen vinos simbólicos, no todos son destacables, ni mucho menos hay vinos en vía de convertirse en clásicos, esos que poseen un espíritu modélico, un valor ejemplar o autoridad. Sólo vinos vagamente reconocibles y otros que pasan por periodos intermitentes de revelación.

Se debe recalcular cuánto pueden llegar a conocer, ver otras realidades o experiencias tanto de Chile como del extranjero; cotejar, degustar, comparar y ampliar el espectro para construir un gusto. No dejarle toda la responsabilidad al secano, a las cepas, al patrimonio o a los gestos de simpatía. 
Por el lado de quienes comunican, expresar inquietudes y tener un gesto mínimo e ilustrativo. Una base crítica de fondo. Como sería señalar que desde los 13,5 a los 15 grados la pista se torna pesada. Pesada en estos tiempos que corren. Y por muy honesta que sea la factura e intención, o lo inspirativo del entorno, las cepas predominantes como el cinsault, el país y moscatel, comienzan a apagar sus luces cuando sube el alcohol. Son cepas que se opacan y delatan cosechas tardías. Como también logran desdibujarse cuando toman excesivo contacto con la barrica. El cinsault es un buen ejemplo.
De fondo, hay que buscar ‘visiones alternativas’ para que el vino sea de verdad parte estructural del desarrollo, en un nuevo proyecto que posicione etiquetas y productores del interior del valle, superando o igualando el carácter que ofrece la industria, exponiendo el verdadero potencial de la zona y su gente. Mientras colectivamente no se reconozcan y no se sostengan en el tiempo etiquetas, productores y zonas, bastará seguir dependiendo de un par de elogios temporales, concursos de tres metales, o visitas que aporten palabras de sobrecogimiento ante el efecto humano-paisajístico, como ha sido  la tónica recurrente de sommeliers, críticos y periodistas extranjeros.  

¿Alguien sabe dónde están los vinos de los productores de Itata? Parece que se encuentran entre dos tiempos, y al parecer, hay que ir más allá del universo simbólico que los envuelve, para ver lo mismo, pero de forma diferente.


Alvaro Tello


Agradecimientos:

Muy en especial a Consuelo y Hernán de Villa Taly, T´into the Wild, y a todos los viñateros que me recibieron y abrieron sus puertas. A la familia Benavente, a los hermanos Fuentealba, a la Familia Ruiz y a Juan José Ledesma, por darme la oportunidad de patiperrear 400 kilómetros en Itata y descubrir nuevas cepas.  

Comentarios

  1. Hola Alvaro, siempre es un placer volver a leerte.
    Tremenda reseña de Itata!!! Pregunto. Quienes te parecen que serán las próximas estrellas del valle? Porque hay mucho vino dando vuelta de esa zona y uno se termina mareando.
    Saludos y felicitaciones!!!

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