Más espumante, que espumoso...

En el pequeño pueblo del Carso italiano, llamado Prosecco, poco y nada saben de los vinos espumantes del mismo nombre. Es más, ni siquiera los producen. Pero sí Prošek, un vino dulce elaborado tras la posterior desecación de las uvas (passito), y que es la base del patrimonio vitivinícola de una vasta región a orillas del mar Adriático, que se extiende a través de Croacia, Eslovenia e Italia. Donde sí conocen de Prosecco es un poco más al norte, en las cinco provincias del Veneto y las cuatro en Friuli Venezia Giula, que junto a la ciudad de Trieste, y Prosecco, conforman lo que es la denominación de origen del mismo nombre. El problema, es que a los tranquilos habitantes de ese pequeño pueblo italiano de mayoría eslovena, poco les agrada este hecho, ya que el nombre fue tomado por productores del norte con el apoyo del Ministerio de Agricultura italiano, que moldearon la denominación en base a recreaciones históricas y simbólicas. Entre ellas, las vagas menciones de vinos tranquilos que hace el explorador Fynes Moryson en 1593 y el escritor Aureliano Acanti en 1754.
El principal conflicto del nombre Prosecco, no radica en torno a la superventa de los vinos espumantes (los más vendidos en el mundo después de Champagne), ni menos en la orquestación de un relato histórico-comercial, sino más bien, en la forma de apropiación de un nombre que se cruza con la identidad territorial de dos zonas y, que se desvía en dos vinos totalmente distintos. Poniendo mayor tensión, la Unión Europea el primero de Julio del 2013 prohíbe etiquetar vinos como Prošek, y además, prohíbe señalar que contienen glera como variedad, ya que esta pasó llamarse Prosecco. Para los eslavos meridionales, el nombre del pueblo queda invisibilizado tras la dominancia de un vino. Aunque el llamado se ha hecho por reconocimiento histórico de las uvas, para ellos, no significa nada.

Adentrándonos en el Viejo Mundo, podemos observar como la forma y búsqueda de un nombre reconocible no es muy distinta. Teniendo en cuenta que la forma de crear una gramaticalización, puede carecer de la siempre requerida sustancia etimológica. Basta remover un poco de sedimento para descubrir que los vinos de crémant, o la categoría utilizada para distinguir los vinos espumantes de Loire, Borgoña, Limoux, Alsacia, Jura, y en menor cantidad Burdeos, fue articulada por dos simples razones: la primera fue descartar el apelativo mousseux (espumoso), que en términos generales es muy amplio y puede extenderse a cualquier otro producto que no sea necesariamente vino. Lo comparto. Y la segunda, rescatar una vieja particularidad de los vinos espumantes fuera de champagne (baja atmosfera en botella), circunscribiéndose a sus propias características. Me parece lógico, para vender, no pueden ser iguales.
Cabe agregar que los apelativos Cava, Sekt, Prosecco y Crémant, justifican su creación por la misma y urgente necesidad: diferenciar cepas, territorios, y argumentar con un nombre propio que existen diferencias más allá de Champagne, producto de la defensa de su apelación de origen establecida en 1939.

En un caso no muy distinto, Argentina, Brasil y Chile fueron eximiéndose paulatinamente el uso de la palabra “champaña”. Quedando un aliento de orfandad en torno a los vinos con gas carbónico, lo que dio paso a retomar el antiguo término espumante. Sin embargo, hasta no más de cinco años, se ha puesto en duda si efectivamente esta palabra cumple los requisitos para pluralizar los vinos sudamericanos. Yendo al grano, muchos argumentan que la palabra no existe debido a que la Real Academia Española no la lista en su diccionario, defendiendo beáticamente el uso de espumoso, que sí aparece dentro de la lista de palabras recogidas. Por otro lado, muchos apelan a la calidad de su sufijo y una dudosa base etimológica que contextualiza en algo que “produce espuma” o que la “genera”, descuidando los últimos estudios de nucleación de Belair, que nos hablan de “liberador de espuma” en vez de lo anterior. En fin, esto puede llevarnos a que se pueda apelar a cualquier pretexto fácilmente conseguible para excluir la palabra en cuestión. Nada más equivocado.

Claro está que la palabra espumante sí existe, y su uso es el correcto para los vinos con gas carbónico sudamericanos. Para entender esto, debemos atenernos a que la palabra espumante ha ganado un valor semántico propio, e históricamente ha dejado de ser  analizable a partir de su formante. La gramaticalización de nuevas palabras en nuestro lenguaje tiene esa virtud. Como escribe Rodríguez en 2008, la palabra espumante y algunos adjetivos terminados en -nte se designan por una propiedad intrínseca basada en la relación entre los individuos y el evento designado (se identifica que el vino, es espumante, por ejemplo) y a pesar que no se encuentran semantismos conectables con el argumento interno del verbo, si hay una relación entre los semantismos y el argumento que ocupa. Por lo tanto, la palabra tiene un valor designado por quiénes la usan y para qué la usan.
Veamos si históricamente, esta palabra tiene valor semántico y merece ser parte de nuestro léxico.

En España, Pedro Felipe Monlau en 1858 reconoce la palabra espumante como un derivado de una forma radical, que puede corresponder a una raíz proveniente de otro país. La valoración de este supuesto neologismo, como lo interpreta Monlau, puede verse incorporado en el Diccionario Ortográfico o Catalogo de Voces Castellanas, del escritor y político colombiano José Manuel Marroquin (1867), que incluye espumante en su listado de voces. En teoría, esto nos ayudaría a descartar que esta palabra fuese transculturada en nuestro continente. Volviendo al borde peninsular, la crónica del Vizconde de Portugal Alfredo Allen (1896), titulada Breve noticia sôbre alguns vinhos portuguezes, rinde cuenta de los vinhos espumantes del Alto Duero, subdividiéndolos en varias categorías. En 1903 el técnico y enólogo francés Gustave Foëx –quien residió en Chile– escribe en su texto ¿Cómo debemos hacer nuestros vinos? impreso en 1903, que los vinos a elaborar son vinos espumantes. Llama la atención que Foëx utilice esta palabra, ya que da a entender que existía una clara asociación para este tipo de vinos en América del sur. Corroborable, si vemos que en el mismo año en la Argentina, el Registro Nacional de la República declara las normas e indicaciones para los vinos espumantes. En tanto en el Perú, encontramos la más antigua indicación y señal de corrección en la Memoria del Ministerio de Hacienda y Comercio Detallado, redactada en 1917 por el Ministro Aurelio García y Lastres, quien acusa que erróneamente, los vinos se etiquetan como champaña, cuando deberían llevar impresa la palabra espumante. Y por último, casi obligatorio es citar a Carlos Silva Vildósola y sus ensayos o Páginas Selectas (1871-1939) alabando a Edwards Bello y su castellano “rico como vino espumante y embriagador de los románticos”
En muy pocos textos históricos sudamericanos, se cita masivamente la palabra espumoso.

Entonces, si la palabra ganó un valor semántico y se arraigó en la lengua americana ¿por qué darle énfasis a una prohibición? Creo que la respuesta es simple: por un mero y sesgado capricho en medio de normas inexistentes.

Si de apelar y obedecer al órgano captador de voces y lenguas se tratase, entonces podríamos dar cuenta que a pesar de no encontrarse registrada en el diccionario actual, hubo tiempos en los que sí formó parte del listado.
Dedicado al Rey Felipe V, la Real Academia imprime en 1732 el Diccionario de la Lengua Castellana, conocido como Diccionario de Autoridades, cuya finalidad es explicar y asociar palabras con ejemplos y usos corrientes. Espumante, aparece en la página 616 bajo la siguiente reseña:

ESPUMANTE participio activo del verbo Espumar. Del latin Spumans. Colmándola de vino generoso y espumante.

En vista de los hechos, el punto a objetar no debería ser la prohibición o reemplazo por una palabra como es espumoso, sino más bien, el porqué esta ha sido ignorada como punto de referencia entre un tipo de vino y su encuentro con los hablantes. Creo que la respuesta no es tan complicada: no se sabe de una petición formal al respecto, o bien, esta no se ha hecho. La academia recoge el uso de palabras y le da una explicación lo más certera posible. El diccionario es sólo una guía, una que está al servicio del lenguaje, y no al revés.
Para aquellos censores de palabras (en el vino los hay, y muchos) cabe aclarar que la Real Academia, como bien explica uno de sus miembros, el destacado novelista español Javier Marías, no puede prohibir el uso de palabras, y esto es por el simple hecho que no tiene la potestad para hacerlo. El diccionario DRAE es un mero registro neutral de lo que los hablantes dicen y escriben. A lo más puede advertir o desaconsejar; no juzga, se limita a tomar nota, como dice Marías.

Si la academia no se siente con el derecho ni la facultad prohibir ¿por qué nosotros sí lo tendríamos? Por simple bravada, creo entender.

Este gasto de glucosa extra tanto chileno como argentino, transcurre mientras Brasil aceptó hace años y sin rodeos el uso de la palabra espumante, dedicándose a algo realmente útil y productivo: llamar al orden, atenerse a las denominaciones de origen, y reglamentar los vinos espumantes. Si bien los vinos brasileños no han obtenido el reconocimiento suficiente, se ha de valorar que han dedicado importantes esfuerzos en mejorar cualitativamente en torno a sus normas, que son al fin y al cabo, la columna vertebral donde todo país o región vitivinícola debe erigirse para generar algo de respeto.
Importante. No vaya a ser que nos ocurra lo mismo que al pueblo de Prosecco, que al cabo de un tiempo, y de tanto protestar, siguen porfiando y creyendo que el apelativo no significa absolutamente nada.


Alvaro Tello


@vinocracia

Alvaro_Tello

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