Vinos dulces, los vinos que resisten.

En las cuentas españolas de 1474 se enumera en el inventario, todos aquellos vinos de solera y dulces embarcados más allá de la frontera ibérica, por los llamados “genios andaluces”. Bajo aquel renombre, no debería extrañarnos que gran parte del vino que importaban los primeros colonos de la conquista, fuera dulce. Tanto por la necesidad puesta en el culto religioso, así como para mantener viva la paridad folclórica que se daba a la hora del postre: consumo de  tortas, biscochos y panales acompañados con vinos de similares características. (Hist. Alberto Ramos y Javier Maldonado)



Saltando varios siglos, los vinos dulces han sido derroche de ingenio y necesidad, que por un lado describe a vinos tradicionales como arropes, pajaretes, fortificados y asoleados, y por otro, a esos vinos que son mezclados con cualquier substancia que logre endulzarlo a la fuerza. Así cobra importancia a mediados del siglo pasado, mezclar el vino con algún u otro agregado. Y esto no es un tema menor, ya que da la casualidad que en las décadas de mayor consumo de vino en Chile (50 a 60 lt/hab. en 1940, aprox.) es cuando también se refleja la necesidad –práctica o no– de agregarle condimento.


En el primer registro documental de Chile en colores, realizado por James A. Fitzpatrick en 1937, titulado “Chile, Land of Charm”, es posible apreciar en una de sus secuencias a un grupo de señoras bebiendo una extraña mezcla, que según la descripción de Fitzpatrick, es una combinación de duraznos y frutillas molidos con champaña, llamado “Cóctel de Consuela”. Y si avanzamos a través de los años, podemos dar una repasada a esa rara costumbre de tinterillos y abogados para beber el elegante ponche con piña (antes lo era), o el popular vino con leche condensada (chupilca de leche),  o sumando navegados caseros y borgoñas tintos con frutilla, o blancos acompañados con chirimoyas o cualquier fruta estacional. Otros como Manquehuito, el vino con Coca-Cola (Jote), terremotos, espumantes tipo ponche con bases de frutas, y hasta el más simple de los moscato o demi-sec, han sido, queramos o no, parte constitutiva de una larga tradición que ahora se debilita moralmente. 

Esto se explica ante un dulzor que es parte de un amplio prejuicio, ya que el endulzado independiente de su origen, goza de un halito de empalagosa picantería, de caña y choreza rural, vergüenza e incluso reclamado ser un sinónimo de "defecto". Por un lado el temor expresado a no ser parte de un subdividido y promocionado “mundo popular”, que vive fuera de la identidad normada y paralizante, y que prefiere los vinos “arreglados”. Por ejemplo, hoy se asomaría rápidamente el pudor si alguien se atreviese pedir  u ofrecer un vino mezclado con coca-cola. Por otro lado se expone a medias el hecho que gran parte de los vinos espumantes demi-sec o moscateles, son vinos que utilizan el azúcar para esconder defectos. en parte es cierto. Pero no podemos ser tan categóricos en ir y encasillar a los demi-sec dentro del fallo absoluto, apelando a la calidad o superioridad del brut y su baja dosificación de azúcar. Los brut nacionales, también esconden una variedad de defectos que pasan con buenos puntajes (demasiado amargor acompañado de una sensación de tiza o alcanfor en boca). Este fallo “técnico” dirigido hacia el dulzor, se ha propagado con una facilidad única, tanto así que dentro del cada vez más insondable nicho de los bebedores de vino, el demi-sec es sinónimo de defecto. 

El llamado ahora es preferir la calidad y las bajas calorías del brut. Por ende, el dulce se encuentra tácitamente prohibido.


Los otros, o los nuevos vinos dulces



Por sorpresa, hay vinos dulces no combinados que retornan mientras los mezclados progresistas y guachacas prosiguen su travesía por la picada modélica. Dentro del MOVI encontramos a Viña Armidita, de Sandra Ramírez y familia, que produce un tradicional pajarete de moscatel de Alejandría, dentro de la denominación de origen que comprende la III y IV región. La particularidad de este pajarete del Huasco (El Transito y Pinte) es haber corregido el amargor, la acidez volátil y los aromas reductivos, que hacía menos de cinco años, volvían a estos vinos una experiencia sufrible. Hoy en cambio son vinos limpios que se triangulan –en buena cosecha y en el mejor de los casos– con una buena acidez, un correcto dulzor y una excelente calidad. Algo similar ocurre con Sergio Amigo Quevedo, el ya no tan emergente productor de viña Cancha Alegre, quien junto a Emeric de Montignac de Casas de Bucalemu, sorprendieron al final del primer "Chanchos Off" (Chanchos Deslenguados dirigido a la prensa) con dos vinos dulces. Amigo Quevedo ofreció un exquisito soleado de uva País de Cauquenes 2014, un vino dulce que logra emocionar cuando vemos que conserva muy firme la rusticidad de la cepa país, acompañada de un elegante y suave dulzor. En tanto, Emeric por Casas de Bucalemu, lo hizo con un gewürztraminer (2014) que concentra un dulzor totalmente distinto, liviano y fresco, que se presta como perfecto acompañamiento de quesos azules o postres.


Lo vinos dulces –o estos nuevos vinos dulces– vienen sin vergüenza y con la ayuda de tecnología, que finalmente se resume en mejoras higiénicas, mayor precisión y menos defectos. Algo que también se puede apreciar con los nuevos arropes, que ya no abusan de la ceniza en su fase de preparación.
El problema no resuelto, es el constante afán prohibitivo dirigido hacia estos vinos, que obedece a una generalización un tanto grosera. ¿Cuál podría ser la queja si finalmente su base sigue siendo vino? 
Y así hablamos de poco consumo. Caprichos y lujos innecesarios como parte del trending de poner límites dentro de la frontera. Una tendencia que por lo demás, es un tanto amarga, y poco dulce.




Alvaro Tello
@vinocracia



Alvaro Tello

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