La identidad del vino chileno: el regreso del Yeti.

1409563636yeti-footprintEl 19 de octubre del año 2012, aparece en el sitio Vinorama del periodista Patricio Tapia, un texto titulado: “El Yeti y la identidad del vino chileno”, que se enmarca en su mayoría, dentro de su exposición en el segundo Seminario del Vino, Gastronomía y ruralidad, de la DIBAM.

Resumiendo el texto y buscando el principal foco de la discusión, Tapia pone sobre el tapete aquellas preguntas que deberían llamar a investigar o deducir cuál es la verdadera identidad del vino chileno. Preguntas que en el texto se reflejan de la siguiente forma:

“El tema surge en una discusión sobre la situación actual del vino en nuestro país y, en específico, sobre la identidad del vino chileno. ¿Qué es? ¿Existe? ¿Hay un vino que podamos llamar propio? Y la idea es, más o menos, ésta: ha llegado el momento en que ya no son necesarios más viticultores ni más enólogos. […] Ya no los necesitamos más. Ha llegado el momento en que el vino chileno lo que necesita son sociólogos, antropólogos.”

Lo curioso, anecdótico y que llama la atención, es precisamente que las respuestas de índole teórico que salieron disparadas con la infaltable ayuda de la Wikipedia y la RAE, fueron en su mayoría, de enólogos o personas ligadas profesionalmente al vino chileno.

Sin embargo la inquietud y ganas de retomar el tema continuó, y al cabo de dos años  y cuando hubo tiempo de entrevistas, revisiones de textos y discursos elaborados por las disciplinas sugeridas por Patricio Tapia, fue posible apreciar que tales acercamientos eran posibles, no dando pie a definiciones inconclusas o ambiguas; sino porque además, son incontables los estudios que hacen referencia a cómo iniciar la búsqueda de una identidad desde varios puntos de partida.

 

El sociólogo chileno doctorado en la Universidad de Sussex, Jorge Larraín; señala que la identidad como proceso de constante construcción está determinado por tres factores clave:

Primero, los individuos se definen a sí mismos, o se identifican con ciertas cualidades o categorías sociales compartidas, como pueden ser por ejemplo una profesión, etnia, o religión, que forman su identidad personal compartiendo lealtades grupales.

Podemos confirmar sin problemas, que existen enólogos y viticultores que comparten estas bases, por lo tanto, se cumple con éste que es el primer requisito.

Segundo, es la materialidad. Producto o aquello que brinda el espacio donde el sujeto pueda reconocerse a sí mismo en cada elemento. Pudiendo por ejemplo, ser el producto de un terreno cuyo trabajo esté bajo la voluntad del individuo.

Sin mucho que explicar, los viñedos, y el vino, brindan aquel espacio.

Tercero, se encuentra el otro, o los otros, que en un amplio sentido de la palabra, se da cuando un sujeto comienza a observar a quienes desarrollan la misma actividad, reconociéndolos, pudiendo dejar en claro o saber cuál es su diferencia con el resto, ayudando que descubra su propio carácter.

Bajo las señas que da Larraín, podemos perfectamente concluir que nuestro vino y las actividades que suman, sí tienen y hacen un aporte claro a la identidad. Y no tan solo ahora.

En 1848 el botánico y científico francés Claudio Gay, fue encomendado por el gobierno a viajar por el país con el fin de realizar un catastro de la biodiversidad de la naciente república sudamericana. En definitiva, poder identificarnos desde la propia naturaleza para poder hablarle al viejo mundo de las bondades de esta nueva república llamada Chile. Además de realizar esta labor, dio cuenta tras recorrer gran parte del país que efectivamente, sí teníamos identidad, a pesar de las numerosas tribus que habitaban en el país que de a poco se integraban con los inmigrantes venidos de Europa; Gay aseguró, que nuestra identidad, ya se encontraba determinada por tener un pasado común.

“…la identidad tiene que ver con la manera en que individuos y grupos se definen a sí mismos al querer relacionarse – `identificarse´- con ciertas características” –señala Larraín.

Sin embargo y tras recorrer la prensa y revisar algunas arbitrariedades, podemos verificar como se puede ir reduciendo esta idea hasta desintegrarla o darle una interpretación antojadiza.

Veamos el siguiente eslogan: “hacemos vinos con identidad”.

De lo que revisamos con anterioridad, aquí surgen inevitablemente varias preguntas que llevan a cuestionarse el cómo se reconoce este hecho, cómo se reconoce la identidad en una sola botella. Teniendo en cuenta que la lógica de Larraín nos convence que debe existir algún auto reconocimiento que nos lleve a la identidad individual y a su vez a una diferencia. Al parecer, es imposible a menos que la botella pudiese tener la facultad expresa de hablar e informar paso a paso y con extremo detalle, cuáles son sus valores.

Ahora, cómo podemos comparar una botella que pretende ser un ente aislado que no define su formación. Finalmente esta frase cae un vacío, apunta a jugar con la distancia y contar con un instrumento que brinde seguridad, a través de un discurso simplón, que perfectamente podríamos reemplazarlo por: “hacemos vinos únicos” o “hacemos vinos con carácter”.

Revisemos cuando nos esmeramos en explicar lo qué es identidad, abriéndole camino a un solo valle con sus vinos y sus respectivas cepas, como es el caso del Itata y sus 400 años de recorrido.

Es importante subrayar –como dice Larraín en su libro Identidad Chilena– que la identidad no solo mira al pasado como reserva privilegiada, y agrega además: “Es claro que cualquier proyecto articulado por un discurso especifico, no puede pretender [ser] el monopolio de la construcción de la identidad…” La pregunta es si más allá de los valores emocionales en torno a Itata, y sus cepas que producen vinos ancestrales, ¿pueden llegar a ser garantes únicos para hablarnos de identidad? No, Itata es solo una parte; podemos hablar de su particularidad, pero no como el contenedor de la toda la identidad nacional o su estandarte. La identidad se define como un valor potencialmente colectivo y que presupone la existencia de otros.

Itata, sus vinos y su arraigo, son parte importante y constituyente de la identidad del vino chileno, tanto como lo son los valles de Casablanca, Colchagua, Limarí, Maipo o Cachapoal.

El error de estos ejercicios que pretenden ser exclusivos garantes, es que los han hecho despegar como simples artefactos culturales, débiles en el sentido del estudio pero muy fuertes ante quienes disfrutan de la territorialidad, que delatan el nulo sentido de pertenencia a un universo local, que es Chile.

La identidad es un hecho no aislado en una cepa o un vino o un valle; la identidad no se busca, se tiene, el vino chileno sí tiene identidad e identidades, desde nuestros comienzos e historia común hemos tenido el privilegio de contenernos en aquella palabra, yendo al compás de la historia sin que nos demos cuenta. Pero, el único gran inconveniente, es que no hemos podido darle un sentido o disponer de un conjunto de valores o de palabras que de común acuerdo, nos dé reconocimiento mutuo. Y ante tal vacío, surgirá reiteradamente la pregunta de qué es el vino chileno.

Aunque la identidad no se puede resolver fácilmente ya que es un proceso de constantes vaivenes, podemos ir en búsqueda de valores pendientes, como los que le hemos otorgado a otros vinos sin mayores problemas. Veamos el caso del vino francés, al cual podemos honrarle su permanencia histórica, su impronta que conlleva múltiples tradiciones e identidades, englobando todo aquello en una sola frase que lo describe todo: “vino francés”. Que el vino italiano está relacionado con el campo y la tradición, placer y holgura. De esta manera podemos ir sumando un largo etcétera de países cuyos múltiples reconocimientos, han ido traspasando sus propias barreras geográficas hasta hacerse sinónimo de algo.

Entonces ¿Cuáles son los sinónimos del vino chileno?

Obviando el tema del bajo costo, este es un punto muy interesante desde el cual podemos extraer varios problemas y dificultades.

En el libro The Struggle for Recognition del sociólogo Axel Honnet, se señala que para poder reconocer la identidad, se deben anteponer tres valores fundamentales: autoreconocimiento, autorespeto y autoestima. Y es desde ésta arista tan especial,  donde podemos apreciar que quienes nos han dado valor e imagen, son al mismo tiempo, quienes nos ha ido disminuyendo para no reconocernos.

El problema es que esta responsabilidad, se la hemos delegado a los enviados de las publicaciones extranjeras.

Desde que fuimos reconocidos internacionalmente por ser de calidad y ganga, podemos avanzar y recordar cuando Atkin nos relacionó con un Volvo, cuestión poco grave, revisando que en el mismo texto se nos compara con los antiguos locutores de la BBC: pausados, tediosos e indigeribles. Un Neal Martin que fijó su entrada al país comparando algunos de nuestros vinos con el Nescafé, refiriéndose además a ellos como productos “sin identidad” (una burrada de grueso calibre). Y hasta hace poco Gutiérrez, un catador corto de palabras que prefirió ir por un optimista “Nuevo Chile”. Lo mismo y sin novedad hizo Suckling. Estos, son nuestros bautistas, quienes nos clasifican, identifican y aprueban o rechazan en un periodo determinado de nuestra historia, que nos finiquitan con un alias en un par de días.

Si bien los textos de Zygmunt Bauman y Larraín contemplan que la critica externa, la industrialización de una actividad, y la globalización son fundamentales en estos tiempos para determinar parte de nuestra identidad, este tipo de clasificaciones concedidas por quienes Larraín define como: “los nuevos otros”, son la contraparte que asigna el valor incompleto. El valor que nosotros no podemos darle a nuestro vino.

Ahora urge hacer la siguiente pregunta: ¿Conocen ellos –los enviados extranjeros– nuestra verdadera identidad?

Digamos que no, que no la conocen. No podrían ni con el mayor esfuerzo sacar el limpio de cómo se va creando la versión plural de nuestra realidad. Sería imposible en cortas estadías. Ni aunque les presentasen doscientos vinos seleccionados o un valle de 400 años, ni metiéndoles en la maleta cientos de documentos, o insistiéndoles acerca de la múltiple cantidad de suelos y climas que poseemos, no se podría. Menos, llevándolos por un crucero y ver glaciares en pleno calentamiento global.

Independiente de la relevancia de estos factores que aceleran el ritmo de cambio de una industria, comprender nuestro proceso conlleva desenmarañar códigos, nuestra historia común, no como una simple anécdota; ver que nuestros procesos se generan y regeneran en distintos espacios de tiempo, con abundancia de identidades individuales que suman, estando siempre incompletas, pudiendo dentro de la subjetividad e ignorancia del receptor (el enviado) ser un factor sorpresa o un verdadero fiasco. Solo degustaciones y generalizaciones para obtener el máximo alcance posible y, algunas horas extras con dos o cuatro enólogos que permitan extraer un valor aproximado. Al final con aquella frase salida de la generalización se nos define; y la hacemos parte.

El licenciado en literatura Bernardo Subecaseux bien decía: acá hay problema de “espesor cultural”, que nos desvía del camino al percibirnos como exitosos y ganadores, la creación de una “nación ganadora” siempre dispuesta a maravillar. Dentro de aquel espesor podemos encontrar una palabra que ha sido un arcaico comodín valórico: “calidad”. ¿Es la “calidad” nuestro principal valor? Si, quizás este sea el más conocido y pobre valor que poseemos, un alambre que aspira a ser llave inglesa, hablando de calidad o vinos de calidad, un término post revolución industrial que en el hemisferio norte quedó olvidado en los albores de los ochentas, vigente en el hemisferio sur, que se considera como una intención de querer resaltar nuestra naturaleza civilizada, señalando que podemos hacer vinos para la civilización.

Encontrar un punto o acuerdo para definir nuestra identidad, la identidad del vino chileno, no es un proyecto ambicioso, pero si extenso y peligroso, atendiendo que estará siempre inconcluso, sobre todo ante la dificultad de llegar a un valor que asignarle. Puede que esto quede pendiente durante muchos años. Tampoco se requiere de una sola palabra, frase o eslogan que provenga del marketing. Es un error pretenderlo. Aunque suene cliché (lo dice Axel Honnet) esto es una cuestión de amor propio y de autoreconocimiento, en que las partes se entiendan y colaboren desde la unidad mínima hasta la máxima, llegando de esta manera con la suficiente confianza y seguridad para poder decir: “yo soy, y nosotros somos”. ¿Podría ser diversidad?

Creo, que no es una mala idea reconocernos como el Yeti sudamericano: dicen que lo han visto, pero nadie lo conoce de verdad. Solo unas cuantas huellas que pretenden probar su existencia.

Alvaro Tello

@vinocracia

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