El Consumidor

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No quiero dejar pasar una parte del siguiente articulo, publicado en la web del diario La Segunda, con fecha del 25 de Julio del 2013. Cito textual:

Tenemos un plan en el mercado local que se lanzará en agosto para potenciar el consumo en mujeres y jóvenes. El 42% de las mujeres no consume vino y el 58% de los jóvenes menores de 24 años, tampoco.

El plan consiste en tener embajadores, que son por ejemplo twitteros, que puedan hacer promoción del vino y los espumantes”

Entre las obviedades, no me causa tanto interés la suma y resta producto de que alguien no está consumiendo vino. Dentro de las cifras lo que si me llama la atención, es que Chile y Sudamérica en general, son la última frontera donde la aplicación de focus group, encuestas y porcentajes, gozan de buena salud y vigencia. Igualmente y en total atribución, cualquiera puede entrar al dogma de la eficacia matemática y brindar su aporte reinterpretativo.

Tratándose de estudios, hecho de menos esos que han esparcido como esporas, dirigidos a términos tales como: la experiencia –e inexperiencia– del mismo o posible consumidor. Sería bueno ver investigaciones que logren saltar la valla numérica, donde se mezclan valores extraídos de estudios etnográficos; simplemente para encontrar la justificación social al no consumo del vino, dentro de contextos abiertos o acotados. El vino sigue siendo algo que se relaciona a un cumulo de situaciones bastante impredecibles, muy amplias o muy acotadas, complejas y algunas no, que dependen incluso de la conexión con la realidad social de cada individuo. Y así los números pueden ir dejando brechas abiertas.

Revisando ahora la segunda parte de la cita. La republica independiente de twitter jamás me ha generado confianza, o por lo menos la suficiente como para que este sea el lugar desde donde se puede izar la bandera de la propagación. La razón es que los alcances son realmente etéreos e inciertos, y es bastante contradictorio que desde cierta precisión estadística y a través de un salto cuántico, se quiera llegar un lugar impreciso y tierra de nadie. A sabiendas que allí se esconde la figura más sobre y sub valorada de todo esto, el llamado: “consumidor”, conocido también desde lo populachero como: “la gente”.

Se señala a un determinado grupo de entes que no beben vinos. Interpretando que también es necesario que entren nuevos adeptos y consumidores a este cuento.

Pues verán, no creo que el twittero o el “consumidor” sean realmente tan importantes, son parte de la pirámide, quizás estén en el tope de esta, pero no son lo más importante.

Y tras las tentativas: ¿Quién es el consumidor común o ciudadano a pie, al que se quiere invitar a beber? ¿Es el mismo que ve el reality? ¿El mismo que se arrepiente por haber votado por Piñera? ¿El mismo que se avalancha en el supermercado cuando hay algo gratis para comer? Puede ser, pero de fondo, por qué siempre creemos que todas las atribuciones y beneplácitos tienen que ser dirigidos por este ente anónimo, al que siempre le juega en contra su supuesto nivel de mal juicio e ignorancia, y que al parecer, no se esfuerza tanto en estirar la mano en la góndola, para luego mojar su garganta y emborracharse después de masticar un trozo de carne. ¿Es tan urgente y significativo correr tras una manada de billeteras antojadizas?

Yo, creo que no. Pienso que esto del vino es sólo cultura, la cultura de un alimento que se hizo indispensable, que llegó a ser industria, y da lo mismo si es buen negocio o no, el problema es que como parte de una cultura, o como pretensión de ello, si se llega a asimilar o relacionarse en confianza y complicidad con uno mismo,  sin problemas se incorporará y perpetuará como un hábito. ¿Acaso, no es muy diferente a lo que ocurre con el jazz, la pintura, y con tantas otras expresiones de alta y la baja cultura?

Creo que tratar de forzar el consumo mediante twitter es fomentar la política hueca del: “porque sí”. Quizás funcione y más de alguien logre enganchar, pero twitter es un nicho que se agita sin dirección. Siendo un poco más claro, uno lee que hay vinos buenos porque sí, y malos porque sí, pero jamás he leido a alguien dar motivos y explicaciones de peso, ante un vino que se considere bueno o malo. Esto sólo ha generado instancias para forcejeos de opiniones poco concretas,  verdaderos berrinches de anarquista adolecente, donde pesa la narrativa del más astuto y el sometimiento del más ingenuo.

Hay pausas que respetar, a nadie le puede entrar a la primera y de un día para otro, algo que arrastra tanta información y tanta huevada adjunta. Creo que lo primordial es aprender a generar confianza paulatinamente y corregir el mareo, como por ejemplo, el que se generó durante mucho años desde una parte de la prensa especializada, que aglutinó y exageró términos incomprensibles, verdaderos descriptores distractores que los he llegado a entender dentro del contexto, que fue solamente una moda sin mala intención.

Otros, como abrirse al espacio público, asociarse con municipalidades para abrir mas ferias (¿se han dado cuenta que comunas como Ñuñoa, Providencia o La Florida aún no tiene su muestra de vinos?) no sé, en el fondo la idea es que la palabra vino comience a sonar, no como el hueco que está al fondo del supermercado o la decoración obligada en la entrada de la botillería. Acá el consumidor debiese ser inducido a conocer y ser parte, no a darle atribuciones.

¿Cómo pretender que un pintor logre vender un cuadro si no hay muestra? sería casi imposible, si la hay, el comprador llegará por añadidura, y los que le rindan culto a su obra también. Esto es sólo una muestra de cultura, que debería ser parte constituyente de nuestra idiosincrasia.

A.M.T.

@vinocracia

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