El adiós a los vinos viejos

IMG_20130527_105255Creo no gozar de esa manía instantánea de evocar junto con el vino alguna escenografía bucólica.
Ejemplo: “este vino me recuerda a la casa vieja de adobe, a las flores de tal campo o a las tardes a pata suelta bajo el sol y al pasto en equis lugar del sur chileno”. Esto es un cantinfleo de palabras que no me dice absolutamente nada. No es que desconozca esa realidad o quiera menospreciar a alguien que sí pueda desde su voluntad creer en esto; es simplemente, que no veo la necesidad de estrujar la mollera para ficcionar algo semejante.

A cambio reconozco una realidad que al menos me es medianamente aceptable, que no exige desangrar alguna fantasía y a la cual si puedo dar relieve: siendo aquella que me habla de pataches familiares en los cuales desfilaban cazuelas, sancochados y ensaladeras decoradas con abundancia, más, las botellas de vino paseándose de mano en mano por la mesa. Botellas que por lo demás, son parte de una imagen bastante imprecisa, cuyo sabor me sería imposible de recordar, ya que mis primeros sorbeteos en la clandestinidad no merecían por ese entonces memoria ni retención alguna. Y aunque tratase de buscar algo para conectar, la tentación para chamullar se posaría rápidamente sobre el pellejo para volar en un texto.

Lo que puedo sacar el limpio de todo esto, es que el vino siempre fue una compañía más en la mesa, un alimento que hasta hoy, me recuerda que la comida junto con la cháchara y el hueveo se pasan mejor con unas copas. Nada más.

Después de todo esto, me es inevitable generar mi propio descontento al no poder retener y recordar ciertas etiquetas, y es por algo muy sencillo: me molesta el simple hecho que al parecer, voy en una carrera donde no he logrado dar alcance a aquella consigna que pregona y dicta que los vinos de hoy, no son ni la sombra de lo que fueron antes. Esta frase verdaderamente la siento parte de un teledrama cebollero, que logra confundirme y al mismo tiempo, generar reflexiones, ya que existe un desacuerdo generacional en torno al vino que pareciese ser imperecedero, y que definitivamente, no logra anclarse y definirse en época alguna. Sucesivamente a través de los años, la idea que los vinos del antes, y del antes de, siempre fueron y serán mejores, es mucho más que una idea vaga, es una realidad que han logrado darle un contexto y forma convincente.

Para darle peso a mi oferta de palabras, recuerdo haber entrevistado hace muy poco para la revista Vinos y Más a Attilio Pagli, y el acuerdo al parecer es el mismo: “hablar de calidad hoy, no es nada comparado hace diez años atrás”. Si seguimos escarbando, podríamos llegar a eternizar y dar cuenta que en cualquier país productor europeo, este mismo discurso se divulga con ciertas garantías cíclicas de tiempo.

Dentro de este luto eterno, no tengo la más mínima intención de hacer ciencia o cálculo, ni mucho menos, ser un experto en sedimentos que podría quizás, dar alguna seña de esplendor o de fragmentación histórica. Este tema de los vinos viejos y su condicionamiento a ser mejores o diferentes; tanto así como para salir a buscarlos y probarlos; lo encuentro sumamente aburrido. Aunque por curiosidad, lo he hecho.

Ha sido por choreza nada más que en un periodo muy corto de tiempo, me dediqué a buscar y corroborar –a mínima escala– la gran diferencia entre décadas y añadas con vinos de Chile, Nueva Zelanda, Australia y algunas botellas de Francia. Concluyendo incluso, que algunos diretes y voleos que hacen mención a la mala calidad de vinos del nuevo mundo, en especial de Oceanía, es sólo un talento mal formado en la actualidad, ya que no representa en absoluto su pasado productor de vinos rústicos y livianos. (Aunque no se crea). Esta especie de autoquebrantamiento a su sistema, no lleva más de quince años en ejercicio, y es una evidencia más, de cómo las costumbres pueden ser avasalladas por requerimientos comerciales fuera de tus propias fronteras. Comprobando esto, es triste poder apreciar como hablan desde el lecho, vinos con una mínima intervención, que no lograron prosperar o traer el retorno y expectación comercial necesario, obligándose a aplicar un constructivo y acelerado modelo para complacer al hemisferio norte. Desde ahí en adelante, quizás podemos cruzar y ponernos de acuerdo con varios pesimismos al respecto, y que perfectamente hacen paralelo o equivalencia a los tiempos de Chile como país productor. Ahora me hace sentido la frase: apreciar y entender para luego despreciar.

Sin querer entrar en nuestras patologías comerciales irreversibles, hay pruebas de vinos que dan señas de una receta distinta, como si antes hubiese sido un verdadero trabajo de mortero en la botica, que dejan de sobrevivientes acidez y cuerpo. Esto, lo pudimos apreciar con Eduardo Aragonés, quien trajo el último exponente antiguo que he logrado degustar, un sucio en nariz pero exquisito en paladar Carmen Margaux 1996, vino que por lo demás, tiene el tácito derecho a portar en su etiqueta el lastre de «clásico». En la actualidad, este vino goza de nuevas técnicas y factura, que llevan un impreso impecable que logra transmitir cierta pulcritud y matricería, que se aleja y toma distancia al primer sorbo, de aquella añosa botella que logró insistir en la idea colectiva que un vino también puede “jamás fallar”.

Al parecer todo lo que se interpreta es cierto, los vinos viejos algo tienen, pero no quiero centrar mi progreso en esto, no quiero hablar más de vinos fósiles ni trasnochados, no quiero hacerme la idea que estoy probando algo verdaderamente autentico y original desde la opacidad y deslustre, menos, sabiendo que una gran cantidad de vinos viejos que sobreviven hasta el día de hoy, son producto de aquel bodegón clandestino muy cerca del matadero a orillas de La Aguada; el mismo cuyos dueños coimeaban a las imprentas de etiquetas y a los fabricante de capsulas, que en un fulero altruismo, hacían caridad con los viejos carretoneros que recolectaban botellas vacías, para ni más ni menos, ensamblar con aguardiente “matagatos” y vino a granel de dudoso abolengo, impecables falsificaciones, en cuya venta a los bebederos se podía hacer un verdadero empate de ladrones; evadiendo al fisco y las nunca bienvenidas boletas.

Ahora sólo queda preguntar: ¿Lograrán los vinos de hoy hablar mañana? Creo y me atrevo a decir que en quince o veinte años más la historia va a obtener su primer quiebre; osado quien diga: “fueron mejores”. Veo muy difícil que un vino de esta década logre decir o explicar algo en unos años más, habrán muy pocas excepciones con la acidez necesaria para hacerlo, seguramente muchos de ellos estarán oxidados o muertos tratando de explicar la mecánica de su fallo, pero si tenemos algo de suerte, el corcho logrará toser algo de polvo. Y  es por decirlo menos, lo único y poco que sobrevivirá de la erosionada y comercial técnica de hacer vinos, para algo tan subjetivo e impalpable como es la globalidad misma.

A.M.T.

@vinocracia

Alvaro Tello

4 comentarios:

  1. cata19:29

    Que pedazo de texto te mandaste, un beso, ya sabemos a que vinos no invitarte ;)

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  2. Este tema nos toca de cerca en Argentina, lamentablemente hay vinos de muy alta gama que con 8 años o menos, ya están muertos y las explicaciones no llegan. He podido comprobar recientemente que hay Chiantis de la década del 60 y del 70 que todavía estan vivitos y coleando, y no se trata de etiquetas caras, son vinos de 12.5 de alcohol que en su momento valdrían no mas de 10 euros al equivalente de hoy. El tiempo hablará y nosotros seremos testigos si es tan cierta esa sentencia de que "todo tiempo pasado fue mejor".
    Gran texto amigo, felicitaciones por el divague intelectual.
    Saludos!!!

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  3. Muchas gracias por el comentario Ariel, es curioso que desde el presente nos estemos preguntando cuestiones futuras y del pasado, quizás, es una de las cosas que hace interesante esta afición, salud!

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  4. Wow! No te leía hace tiempo y ahora que lo hago me dejaste sin palabras...

    Salud por el paso del tiempo, lo vinos y el disfrute :-)

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