Don Pascual, una excusa para hablar de Tannat.

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El escritor Jorge Navarro en uno de sus libros de cuentos y memoria, hace una sugestiva reflexión a algo llamado “la edad de siempre". Si bien esta frase ha sido utilizada por un variopinto de escritores nacionales, Navarro se refiere a un instante en particular cuando una persona rememorando un hecho pasado, se sitúa física e intelectualmente sin haber sufrido cambios. Recordamos por ejemplo, un hecho pasado determinado, como si nunca hubiésemos cambiado.

Esta cita en particular no me parece un disparate o una excentricidad intelectual. Según el escritor, es lo que permite describir y tener a salvo algunos recuerdos con exactitud y lealtad propia, al alcance de la memoria.

Hace unos siete u ocho años creo haber probado los primeros Tannat uruguayos. Fue justo en momentos que comenzó la baja de pasajes, y los chilenos, vieron la posibilidad colectiva de unas vacaciones intermedias en largos feriados de invierno o primavera.

En ocasiones, sólo encargaba vinos de duty free de Establecimientos Juanicó o Carrau. Nada que fuese muy especial, ya que eran las primeras pruebas.

Pronto las exigencias fueron en alza. Y hasta el día de hoy y cuando la oportunidad se da, sigo algunas botellas como las de Amat de Carrau, los de Pizzorno, Varela Zarrans, las artesanías de Bodega Domínguez, Ariano, Barboa, Toscanini o de Bertolini & Broglio por nombrar algunas.

El punto es que vuelvo a probar Don Pacual y otros de las bodegas mencionadas, después de un largo periodo de espera.

En lo que a Don Pascual se refiere, no se puede decir mucho: un vino sencillo, liviano, económico, masivo e industrial, y aun así, puedo constatar que a pesar de no sonar muy alentadores estos términos de cadena productiva, ha de ser más correcto que muchos vinos de saldo de Chile y Argentina.

En botella convive concentración y firmeza sin astringencias desagradables, se desprende cierta neutralidad y tinta en torno a la fruta, que no requiere más profundidad y descripción tras su corto y limpio paso. Esto no es dificultad para catalogarlo como vino de mesa, para la carne diaria y chupetear el asado de tira, acompañado de brasas con leña o madera de construcción con restos de cal. Esto al menos para mi suena bien, y me daría gusto que todos los vinos económicos fuesen como este. Tiene más altura que la vez anterior y por sobre todo, vuelvo a repetir que la relación precio calidad de la gama básica de Juanicó, es insuperable.

Lo que no me agrada, es al volver a probar el resto y ver que algunos siguen siendo eternos y pretenciosos aspirantes.

El Tannat parece vivir en la edad de siempre, pero de manera consistente y material. Quizás el único cambio reconocible en algunos, ha sido dejar correr el Tannat sin ensamblajes para estabilizarlo. La cepa sigue estando bajo comentarios impolutos y, ante la esperanza del redescubrimiento por parte de un crítico o interlocutor válido, cuestión que aún no ha conseguido. Cabe agregar, que a pesar de ser una cepa algo complicada de entender a primeras, con un mínimo de constancia se vuelve muy adictiva.

Tanta pasividad y poco alzamiento indigesta. Como se dice en buen chileno: acá hace falta un zamarreo y coscorrón para que el Tannat pueda trascender a su tiempo y lugar, que salga de esa fragua eterna y sea puesta en un sitial de honor, que muchos saben podría ganar fácilmente. Es curioso sacar a relucir esto. No quiero caer en el discurso modernizador, pero en casos así, se extrañan esas criticas de pro identidad, viñateros con egos heridos o hablando de cifras y otros festivamente celebrando la tensión numérica que ceden los puntos.

Esperemos que de la misma forma que por acá se habla de la madera y la sobrecarga, se hable en Uruguay que se odia o se ama la tinta china. Pero el que se hable, se hace urgente.

A.T.

@vinocracia

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