Su mundo y el mío, no son muy diferentes

HAP001HAP0100021-Happily_Unmarried_Wine_Rack_Film_ReelNuestra mayor y constante angustia era ver que la industria audiovisual poseía una calidad y agilidad extraordinaria para realizar comerciales y spots publicitarios. Cinematografía pura. Por motivos claros y en medio de deficiencias, jamás pudimos ver esa misma diligencia en películas, documentales, cortometrajes y otras piezas en cuestión, donde revisabamos con cierto celo a un Raúl Ruiz dando cátedra desde el silencio, o un Patricio Guzmán que se consolidaba en temas que aún estremecen a países europeos ávidos de imágenes con carga social.

Bajo este panorama, nos resignamos a ver en la publicidad nuestra futura fuente de divisas, ulceras y colon irritable.

La gran mayoría de mis profesores tenían ideas y teorías alucinantes, bastante fumígenas de cómo hacer industria cinematográfica. Todos estos canallas eran del medio y no hacían mucho al respecto, así fue como decidí buscar y retocar mi propia versión del defecto

En el laboratorio de la universidad propuse varios proyectos hacia la búsqueda de las causas del flemático avance de algo que inmerecidamente podía llamarse industria. En ese entonces ideamos un plan para evidenciar carencias, ejemplificarlas y tener una especie de constancia para obrar directamente desde la docencia. Así fue como J.L. Esnaola, Ricardo de la Fuente y otros, dieron luz verde a cuanta idiotez se me ocurría y les llevaba en papel.

La investigación me llevo hasta Manhatanville, Universidad de Columbia, lugar donde abundaban los seminarios y discusiones online y en los cuales, no era bien visto hablar de las carencias cinematográficas del tercer mundo en tiempo presente. Más bien pedían que se planteara una solución ante lo que ellos llamaban “retraso ideológico”. Me di cuenta que esa extraña concepción e imposición de la democracia norteamericana también podía ser llevada al cine.

En aquel entonces había logrado entrevistar y sacar conclusiones en torno a notables personajes, como al hombre de los grandes efectos especiales, Andrew Kramer y a otras celebridades, como el colaborador de Scorsese, Michael Chapman, y a cuanto crítico y cineasta se paseaba por Sanfic. Terminé todo este ciclo y estudio con un online de la BBC de Londres sobre nuevas redefiniciones de la cultura. A decir verdad, no había mucho que discutir ni nada nuevo que plantear, ya desde una perspectiva muy acotada de las realidades se podían precisar grandes defectos.

El equipamiento técnico de las escuelas de cine de la gran manzana hasta nuestra vecina Buenos Aires, eran muy similares a los disponibles en Chile, aun así, no era similar la forma de operar desde la concepción de las ideas hasta la toma de planos. La técnica para operar las cámaras Arri, Red One, Sony, luces y focos de todos los sabores y colores posibles, era exactamente la misma. Incluso los flujos de trabajo de las mega máquinas de edición y post-producción high end ‒que si bien a menor escala‒ eran similares. Como en el vino se requiere de fruta, acá con nuestras maquinas y fierros teníamos de sobra para plantar y echar raíces.

Voy a sumar la escenografía natural que parece un inmerecido y abundante regalo. Creo que hasta el día de hoy trato de asimilar la cantidad de locaciones que me ha tocado fotografiar. Somos muchos los que experimentamos estremecimiento al respecto y da para efusiones verbales varias. A tal punto es la belleza e interés natural, que no hubo demora cuando las productoras extranjeras levantaron oídos ante aquel dato del país con diversidad de climas y accidentes naturales. En total sigilo, se realizaban con mano de obra nacional de bajo costo, fotografías y efectistas comerciales para inalcanzables marcas de automóviles alemanes y deportivos italianos. No olvidar que gracias al emergente scouting, incluso el british proud de 007 llegó a bananear hasta nuestro país. Podemos decir que tenemos terroir de sobra.

Sin embargo con toda esta abundancia de maquinas y paisajes las películas seguían careciendo de textura, atmosfera y síntesis adecuada. Eso en el lenguaje común y corriente posee el mismo valor que la capacidad de dejarse llevar por el sentido del gusto y el olfato. Películas absolutamente insípidas sin clima ni tensión, hasta el punto que no siendo todos expertos en la realización, cualquier neófito podía constatar la mala inversión que era sentarse a ver una película chilena. Sin culpa se podía bostezar a destajo.

Se había instaurado colectivamente que el cine chileno era de frentón malo. Y la crítica y el periodismo daban perezosos empujones de palabras, hastiados de decir siempre lo mismo  ‒no los culpo‒  era suficiente para darse cuenta que las disposiciones no eran de las mejores. En contadas ocasiones se extralimitaba y verborreaba enfermizamente un comentario, incluso en esas crisis neuróticas, había razón y un sádico constructivismo.

Pude constatar que la educación tanto en la escuela de cine de New York, Buenos Aires o Francia, no difería tan drásticamente de la nacional, pero si me inquietaba la presión e influencia que los diversos patrones y generadores de cultura ejercían sobre la identidad de los estudiantes. La proyección y concepción e ideas de cualquier persona promedio era de una soltura impresionante, pero ligada a la tradición y arquetipos propios, en los cuales no existía esa jodida antagonía de innovar en torno a las trasnochadas tradiciones e imposiciones docentes.

Desde esa ladera, no importaba si la tradición es reciente o de antigua data, el cine no tiene nada de nuevo y sigue siendo 24 realidades en un segundo. Pero había en estas personas, un respeto y reverencia a esas ideas y conservarlas. En nuestra realidad, solo queríamos hacer más de lo que jamás habíamos hecho, esas, eran nuestras pecaminosas producciones nacionales.

El panorama logró cambiar al poco tiempo después y en un tiempo record, en no menos de dos o tres años. Es en este minúsculo lapso fue cuando surgieron nuevos cineastas con sus respectivos cuestionamientos al establishment, azotados ante la certeza que el crítico extranjero o el juez de festival lo masacraría a los 10 minutos de comenzada la película. Tal como el urgimiento del viñatero cuando juzgan su vino.

El mejor comienzo fue fundar cuestionamientos en base a la duda, la duda del por qué esas películas extranjeras reflejaban patrones de colores acordes a las sensaciones que provocaba la proyección, era pura imagen al servicio de la historia. El guion tenía color, sabor, fuerza y textura. Los nuestros no. Llegábamos al color solamente.

Las constantes autocriticas, el juicio externo y varios ridículos y tropezones de por medio, hicieron comprender y aceptar que realmente se estaba en el camino inexacto, ficticio y autocomplaciente. Nos estábamos vendiendo a nosotros mismos la idea que lo hacíamos bien, buscando el horizonte comercial e incierto por sobre todo. Nuestros profesores, los mismos cineastas que hacían esas películas, nos convencían de aquello. Y aparecieron también vociferantes reclamos desde el interior del círculo (que no es industria aunque lo parezca) saliendo a reclamar y a hacerse parte.

Después de tanto reproche hubo un comienzo y deseo de querer establecer nuevos planos y tantas formas como fuese posible de narrar y yuxtaponer imágenes en función de las realidades palpables, con honestidad y humildad. Eso es algo que Ruiz llamaba cine natural. 

Ahora, sé muy bien que podrán salir al paso a desaprobar todo lo que ha conseguido el cine chileno, saliendo a encarar y buscar si en nuestro ADN hay rastros de un Oscar o un Goya. Para eso tengo varias preguntas: ¿el cine chileno se parece al efectista y rebuscado cine norteamericano? ¿al neorrealista en antaño y ahora estéril cine italiano? ¿acaso se asemeja al Nouvelle Vague o al actual e insondable cine francés? no, a nada de antes ni después de eso, y sólo muy cerca ha estado jugando con propiedad en Sundance y rozando vestiduras en las esquinas de Cannes y Guadalajara.

Lo que ha logrado el cine chileno es algo más concreto y de fondo, algo escasamente divulgado.

Por primera vez los argumentos que se premian en festivales, responden a guiones que apelan a la sensibilidad desde un peldaño más arriba, que se trabajan desde lo que es un arquetipo certero y entregado, en oposición clara al pasado e imaginario estilo sobreactuado. Es una pizca y esencia de la realidad. Sin idealizar ni sobrecargar situaciones, marchando desde la médula hacia la inquietud de un cine que nos pertenece y donde podamos nosotros mismos ser reconocibles. Aun así, esto es solamente el velcro que sujeta nuestros pañales, no es nada más que eso, pero en sí, un tremendo logro y evolución que tengo la dicha de haber visto desde su interior, desde la entraña misma de la educación.

¿En qué se parece o se podría parecer su mundo del vino al mío, señor?, creo que no hay muchos hilos que hilvanar después del texto, y me tomo la libertad de entrar al suyo y comentar de vinos, y así usted también puede entrar al mío para criticar una película, mientras tanto podríamos ver la forma de unir estas dos realidades, porque a decir verdad, se hacen bastante falta. El problema es que aún no se han presentado mutuamente y nuestro único acercamiento ha sido con el profesor, el mismo que hizo un spot publicitario disfrazado de serie documental, descorchando el Chile sin alma y sin punto de vista, como esos vinos malos que se olvidan rápidamente.

 

A.T.

Comentarios

  1. de este lado del mundo del vino te presento mis respetos y te doy la bienvenida, todos los puntos de vista y opiniones con respeto, son bienvenidos

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  2. pequeña11:05

    varios de la industria te leemos y en mas de una vez te hemos pelado, es muy bueno tu blog ;)

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  3. Muchas gracias, espero algún día conocer sus nombres.

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  4. avendaño17:38

    siga haciendo la diferencia, tu blog tiene muy buenos contenidos y al no tener una linea se puede esperar cualquier cosa, juegue!

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  5. sergio etcheverria20:23

    hay que ser abierto de mente y no pensar que siempre los periodistas o sommeliers son los que tienen que dar textos y recomendaciones, eso lo encuentro limitado, dele no mas y siga compadrote

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